Voy más allá de las teorías y las técnicas pues entiendo que cada ser es único e irrepetible. Cuando un ser humano, con un problema, toca a mi puerta y tiene el coraje de abrirme su corazón, con respeto me adentro en su proceso de transformación personal sabiendo que piso tierra sagrada. Visita mi página web y conoce más: www.lmhoyosduque.com
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lunes, octubre 23, 2017
Realidad o fuegos artificiale
Los cuentos, las historias, las metáforas tienen el poder del isomorfismo, y ¿qué es eso?, dirás tú. Viene del griego iso morfo, igualdad de forma. ¿Y cómo se aplica esto a los cuentos, metáforas e historias míticas? Me explico, estos relatos conectan con un tema que para tu conciencia puede estar escondido, pero no para tu inconsciente y al escucharlos, al leerlos sí estás preparado para ello, si es el momento oportuno hará click y te llevará a una transformación.
Escucha lo siguiente: Érase una vez un buscador que un buen día decidió dejarlo todo y emprender un viaje hacia la ciudad de Kammir. Poco le quedaba para llegar cuando observó una hermosa colina ante sus ojos. Su intenso verdor, aquellos gigantescos árboles y las hermosas flores que brotaban en cada rincón le llamaron tanto la atención que se alejó del sendero para descubrir aquel idílico lugar.
De repente, se topó con una piedra blanca sobre la que pudo leer: “Aquí yace Abdul Tareg. Vivió ocho años, dos semanas y tres días”. El buscador se percató que estaba ante una lápida y se lamentó de la corta edad a la que había fallecido. Continuó mirando a su alrededor y se dio cuenta que todo estaba repleto de losas que aludían a niños. Aquello que le había parecido el paraíso era un cementerio.
Apenado, se sentó a llorar cuando el guardián de aquel camposanto se acercó para consolarle pensando que quizás tenía allí algún familiar. El buscador le preguntó qué maldición había caído para que aquellos seres hubieran muerto siendo niños.
Seguir leyendo: http://lmhoyosduque.com/realidad-fuegos-artificiales/
jueves, octubre 13, 2016
Círculo de mujeres - Con la loba y mándalas
Este miércoles disfrutamos la reunión del círculo de mujeres, un encuentro gratificante y repleto de aportes mediados por el respeto y la voz particular de cada mujer, entendiendo que cada ser lee la vida en correspondencia con su historia personal.
Nos propusimos la tarea de estudiar el libro “Mujeres que corren con lobos” de la psicoanalista junguiana Clarissa Pinkola Estés, un capitulo por encuentro. Un texto que recoge cuentos y mitos para traer al mundo de hoy civilizado y consumista el poder de la mujer salvaje. Para conectar con nuestra verdadera esencia, la mujer espontanea y plena de energía y atrevimiento. Una invitación al reencuentro con la espiritualidad y el conocimiento del alma.
domingo, octubre 11, 2015
Aprendiendo a construir una relación de pareja estable y feliz parte I
Muchos pacientes y personas del común se quejan “ojalá hubiese una asignatura o una carrera en la universidad de cómo aprender a ser padres” y es verdad, no la hay, como tampoco existe la asignatura o carrera que te enseñe cómo construir una relación de pareja estable y feliz, o cómo aprender a decir que no, o que te enseñe cosas elementales tales cómo de qué manera puedo conquistar pareja, a muchos se les da de manera natural, pero para otras personas esto constituye un verdadero reto de vida y una dificultad por atravesar. Te preguntaste alguna vez en el colegio y en la universidad, ¿para qué diablos me va a servir aprender esto en mi vida? y es verdad, aprendemos muchas cosas que las pegamos con alfileres para olvidarlas después del examen, pues de alguna manera sabemos que no serán útiles en nuestra vida.
Así que aquí abrimos un espacio para dar luz a esas áreas de la vida que realmente nos apoyan en el propósito para el cual estamos puestos aquí en la tierra “ser felices”.
La buena noticia es que las cosas que no nos enseñaron en la escuela, en la universidad, esas cosas que son importantes para vivir en plenitud, se pueden aprender. Los siguientes recomendaciones son extraídas del estudio de miles de parejas reales, de su compartir cotidiano, por lo tanto funcionan. Recuerda practicar por 21 días fija en el cerebro el hábito, aunque recientemente se ha revaluado este periodo y se ha ampliado a los 66 días http://lmhoyosd.blogspot.com.co/2015/10/66-dias-bastan-para-cambiar-un-habito.html. Son recomendaciones muy simples, de sentido común, otras no tanto, pero que funcionan, realmente funcionan.
Primero rompamos mitos. El enamoramiento, esa explosión bioquímica del comienzo, en la que el otro nos habita todo el tiempo en la cabeza, en el cuerpo y en el alma, ese mágico y maravilloso momento pasará. La época del enamoramiento esconde el bosque que hay detrás. Cuando cae el enamoramiento aparecerá el camino del amor, donde tenemos que empezar a trabajar. Las cosas se complican un poco, y si nos dejamos llevar por la rutina y el tedio y si no trabajamos la relación terminaremos viviendo con un desconocido y por lo tanto separándonos.
La pareja ideal es la que discute, que alguna vez ha querido separarse la que tiene problemas, crisis, pero que sabe cómo arreglarlas y salir fortalecida. Dejemos atrás esa historia de los cuentos de hadas: “se casaron y fueron felices, el amor todo lo puede”. La pareja ideal requiere dedicar tiempo a la pareja.
Cuando el enamoramiento decae un poco, es el momento en que aparecen las cosas que no te gustan del otro, las sombras, entonces tenemos que empezar a negociar y a corregir.
Llevo a la relación la mochila con mis creencias, de lo que es la vida, cuál es la importancia del sexo, el dinero, la higiene, la puntualidad, la familia, esto es lo que yo he vivido en mi casa, esas son mis reglas. Pero hay otro u otra que viene con otras creencias pensamientos de lo que es la vida, la pareja, el amor… en lo que coincidimos no hay problema. Pero cuando no coincidimos, entonces necesitamos empezamos a negociar, para llegar a acuerdos. Siempre se negocia, a veces de forma explícita, creando y escribiendo los pactos, otras veces de manera tacita, de esta forma será más fácil construir el futuro. La negociación considera los deseos y gustos del uno y del otro, se hacen concesiones y se llega a acuerdos. Lo que pretendemos entonces, es hacer una mochila común, cuanto más consensuada esté la mochila, será mucho mejor.
¿Que los opuestos se atraen? Ser opuestos en el carácter está muy bien yo soy extrovertida y más sociable, él es más introvertido, el uno tira del otro para llevarle un poco hacia su orilla. Pero en general, cuando somos muy distintos en el nivel económico, socio-cultural, religioso, suele haber trabajas a la hora de mantener a largo plazo una relación de pareja, mientras más claros seamos en esto será más fácil construir un pareja.
Las cuentas pendientes
No dejes nada en el tintero: se le olvidó mi cumpleaños, el aniversario, aquel día que estuve enferma y…, cosas que parecen pequeñas pero que cuando se acumulan. Y el día menos pensado una discusión pequeña se vuelve una catástrofe. Si algo no te gusta exprésalo. Expresa lo que te molesta, se asertivo. El otro va a querer que tú se lo digas, nos queremos, por ello hablo, lo expreso, no me lo guardo, después de expresarlo nos damos un abrazo: “lo siento cariño, no me di cuenta…” “no pensé que eso era importante para ti”. De alguna manera vamos vaciando el saco individual que cargamos.
En la relación de pareja la responsabilidad es al 50%
Ambos somos responsables en la relación en la misma proporción, a veces uno es más ruidoso que el otro. Lo que hace uno en la pareja el otro hace algo para mantener esa situación, pues todo es circular. Mi mujer me grita todo el tiempo y yo me callo. La mujer dice claro, como tú te callas yo te tengo que gritar, quién empezó esta discusión absurda, los dos. Se agreden con el silencio o con el grito. Cada uno ha de tomar conciencia de la responsabilidad que le cabe a cada cual para salir de ello. En la pareja todo es al cincuenta por ciento.
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jueves, marzo 19, 2015
La fuerza curativa de la palabra, la voz y el movimiento

Repetir una y otra vez el mismo cuento es bueno para el aprendizaje de los niños, según un estudio de la Universidad británica de Sussex, cuyos autores consideran que es esta repetición lo que acelera la adquisición del vocabulario.
El estudio fue dirigido por la psicóloga Jessica Horst y sus resultados son consecuencia de un experimento en el que se expuso a dos grupos de niños de 3 años al aprendizaje de dos palabras nuevas. Cada una de ellas era una palabra inventada para designar un objeto desconocido, como por ejemplo “sprock” para referirse a un artículo manual empleado para mezclar comida. Durante el plazo de una semana, uno de los grupos escuchó tres historias diferentes con estas palabras, mientras que el otro grupo escucho una única historia con las mismas palabras nuevas. Pasado ese periodo, se constató que los niños a los se había contado sólo un cuento recordaban mejor las nuevas palabras que los niños a los que se había contado tres historias diferentes.
Cuanto mayor es el número de libros que se tienen en casa, mejores son los resultados académicos de los niños, pero lo que no habíamos comprendido es cómo ocurre ese aprendizaje“, dijo Horst. “Lo que esta investigación sugiere -explicó la psicóloga- es que lo importante no es el número de libros, sino la repetición de cada uno de ellos, porque es lo que propicia un mayor aprendizaje”.
Horst indicó que ya era conocido que los niños que ven el mismo programa de televisión o la misma película una y otra vez “ofrecen mejores resultados en los posteriores exámenes de comprensión”. Según Horst, lo que ocurre con la lectura es que cada vez que un niño escucha el mismo cuento está adquiriendo nueva información. “La primera vez puede ser sólo la comprensión de la historia, la segunda la percepción de los detalles y la descripción, y así progresivamente”, explica. “Y si la nueva palabra se introduce en una variedad de contextos, como ocurrió con aquellos a los que se les leyeron tres cuentos diferentes, lo más probable es que los niños no logren concentrarse tanto en la palabra nueva”, añade la investigadora.
En conclusión, indicó Horst, “el mensaje podría ser que los niños no precisan necesariamente de una gran cantidad de libros, sino que se benefician de una exposición repetida a los que tengan”. La investigación completa se publica este mes en la revista Frontiers in Psychology.
Elena Sanz21/02/2011, Revista Muy Interesante,
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viernes, diciembre 20, 2013
Redención en los cuentos de hadas – 1 Marie-Louise von Franz
M-L von Franz nació en Zurich en 1915, fue alumna y discípula de Jung, se especializó en el estudio del simbolismo, la interpretación de sueños, mitos y leyendas. Fue presidenta honoraria del Instituto Jung de Zurich. Dotada de una especial habilidad para traducir los materiales junguianos simbólicos a la realidad psicológica cotidiana, murió en 1998. Este documento corresponde a la Primera Conferencia del libro Símbolos de Redención en los cuentos de hadas, 1990, Barcelona: Ediciones Luciérnaga S.A. Fue tomado del Blog Psicología Analítica, Colectivo e Individuación del Psicólogo argentino Pablo Javier Borges.
Primera Conferencia
La palabra redención no debe asociarse forzosamente con el dogma cristiano ni con la teología, con la que su concepto tiene tantas connotaciones. En los cuentos de hadas, la redención alude, específicamente, a las circunstancias en las que alguien que ha sido maldecido o hechizado es liberado a través de ciertas contingencias o sucesos en el curso de la historia. Su naturaleza difiere esencialmente de la idea cristiana.
El tipo de maldición es variable. En un mito, fábula o cuento de hadas, un ser por lo general es condenado a asumir la forma de un animal o la existencia de una vieja y monstruosa mujer o de un horrible anciano y luego, por medio del proceso de redención, se transforma en un príncipe o en una princesa. Los más diversos animales, distinguidos en los dos grandes grupos de sangre caliente y sangre fría, como por ejemplo los osos, zorros o leones, que encontrarnos con frecuencia en el tema que nos interesa, han proporcionado al mismo, símbolos o mitos. También podemos hallar aves —patos, cuervos, palomas, cisnes, búhos— o simplemente puede tratarse de serpientes. En otros casos, alguien que ha sido maldecido, se ve forzado, como consecuencia de ello, y sin desearlo, a ejercer el mal y la destrucción.
Por ejemplo, una princesa asesina a todos sus amantes, pero al final, cuando es liberada del hechizo, y en virtud de esa redención, explica que fue impulsada violentamente por el poder del rito mágico a conducirse de ese modo, situación que no volverá a repetirse. No volverá a hacer el mal. Éstos son los principales tipos de destinos malignos que puede sufrir una persona en los cuentos de hadas, esos fatales encantamientos, de los cuales él o ella son redimidos finalmente. Entre los múltiples cuentos de hadas no he optado por una ficción en particular, sino que he preferido examinar minuciosamente diversos temas creados por la fantasía presentes en todos ellos, para poder señalar los diferentes tipos de encantamientos o maldiciones, puesto que ese aspecto, aparte de constituir el motivo principal, tiene asimismo importante significado psicológico.
Una persona presa de un estado neurótico, en algunos aspectos puede muy bien compararse a un ser humano hechizado. Forzados a un nivel muy bajo de comportamiento, la gente que padece una neurosis es capaz de obrar de modo discordante y destructivo hacia ellos mismos y hacia los otros, con motivaciones básicas o instintivas. Los cuentos de hadas que describen a tales seres no se detienen explícitamente en el problema de la maldición, sino que abordan el método de la redención, y en este sentido hay mucho que aprender, por su similitud en los procesos terapéuticos y de recuperación. Durante estos procesos, para dar un ejemplo general, hay personas embrujadas que tienen la necesidad de ser bañadas en agua o en leche y, algunas veces, hasta de recibir golpes al mismo tiempo.
Algunas personas piden ser degolladas como cuando se les corta la cabeza a los zorros o a los leones. Otras consideran indispensable que las amen, que les hagan caricias, que las besen e incluso hay quienes precisan alimentarse con flores u otras cosas por el estilo. También hay quienes quieren que se les cubra con una piel que pertenezca a algún animal determinado. Hay personas que experimentan la necesidad de ser interrogadas y otras que no soportan que se les pregunte absolutamente nada. Todos estos aspectos constituyen pues el tipo de asuntos, sobre los que vamos a reflexionar atentamente.
Durante la terapia sucede a menudo que los doctores esperan encontrar recetas y fórmulas, pero contrariamente a otras escuelas psicológicas, los seguidores de Jung —lamentándose— dicen que no hay recetas para los distintos tipos de enfermedades. Cada caso es singular, un proceso único, con sus circunstancias únicas y un camino único. Cada caso es individual y diferente. Ante semejantes características podemos decir que no tenemos recetas terapéuticas para los distintos tipos de dolencias. Por lo tanto, tampoco es posible, entonces, que tratemos el tema de una manera general en el transcurso de una conferencia. Podemos, eso sí, aconsejar a aquellos que tienen la responsabilidad del seguimiento profesional de casos, acerca de cuál debe ser su conducta ante cada paciente singular. En esta difícil situación en la que el médico o el psicoanalista carece de reglas para alcanzar la curación de su paciente, adquiere una gran importancia la interpretación de los sueños. Creemos que si desarrollamos una profunda interpretación de los sueños de nuestros pacientes, cuidando de mantener una objetividad cabal, tratando de reconocer y separar nuestras propias teorías, contamos ya con una pauta de actuación.
Lo que acabamos de mencionar deja claro que hasta ahora en una situación terapéutica sólo disponemos, como guía y ayuda teórica, de la capacidad para interpretar de manera objetiva y esmerada los temas que aparecen en los sueños, a través de los cuales puede llegarse a la comprensión de las propuestas del inconsciente a los efectos de la curación. Aquí entramos en un campo que no es sólo individual, pues aunque el proceso curativo es siempre singular, los cuentos de hadas y los mitos ofrecen representaciones de procesos instintivos en los que la psique presenta una validez general. A ese nivel del inconsciente colectivo, encontramos representaciones de procesos de tratamientos típicos para enfermedades igualmente típicas. De una manera general, si por ejemplo, sabemos lo que significa un baño para una persona embrujada y el paciente sueña que el análisis es comparable a un baño, tenemos un conocimiento directo del tipo de tratamiento que se nos propone. Por otra parte, si en un sueño encontramos un tema donde aparece la necesidad de cortar en pedazos a una persona, tenemos además, una percepción intuitiva de la dirección a seguir en el proceso de curación y un indicio para escoger el método a aplicar en ese caso individual. Es obvio que siempre existe la cuestión de quién es el que debe bañarse y cuál el que tiene que ser degollado, pero esa información, por lo general, es proporcionada por los sueños mismos del paciente.
Por lo tanto, debemos examinar minuciosamente esa materia y observar el problema desde el punto de vista general, lo cual dificulta la comprensión de la materia mitológica y en especial de los cuentos de hadas o fragmentos de las narraciones épicas del Gilgamesh, observamos cómo la identificación es apoyada por el hecho de que los héroes se comportan como seres humanos: sufren, tienen miedo, están tristes, son felices, experimentan en fin todos los matices de los sentimientos. Además, suelen preguntarse como cualquier persona: «¿Qué debo hacer?». A través de todo esto se acercan al reino de los humanos y a la posibilidad de que la gente pueda identificarse fácilmente con ellos. Los héroes de los mitos, los encontramos más limitados a una determinada nacionalidad que los de los cuentos de hadas.
Con razones convincentes, los científicos han señalado que los héroes o las heroínas son muy diferentes ya se trate de cuentos de hadas o de mitos. En los cuentos de hadas son mucho menos humanos, es decir, no tienen vida interior, vida psíquica. No hablan consigo mismos, no tienen dudas ni incertidumbres, ni reacciones humanas.
Allí el héroe es valiente, nunca pierde el coraje sino que por el contrario sigue luchando hasta vencer al enemigo. La heroína puede soportar una prolongada tortura, sufrirá hasta el final, hasta alcanzar su meta. Nunca se nos mencionan las reacciones humanas que puedan tener. Por eso, un científico, el doctor Max Lüthi, ha llegado hasta expresar que los héroes del folklore son figuras en negro y blanco, una especie de clichés, con rasgos muy característicos como la destreza, la capacidad de sufrimiento, la lealtad, etcétera, y son figuras inmutables hasta el fin de la historia. En un cuento de hadas nunca nos encontraremos con algo semejante a una conversión psicológica de sus héroes, mientras que en un mito muchas veces apreciamos en ellos cambios de actitud. En despecho de sus características muy humanas, estos héroes de cuentos de hadas no son del todo humanos. Esto se debe a que no se trata sólo de tipos de seres humanos sino de arquetipos y por lo tanto no pueden compararse directamente con el yo humano. No podemos tomar al héroe como si fuera un hombre, o a la heroína como a una mujer.
Personas que hayan indagado superficialmente una parcela de la psicología de Jung, pueden ser más peligrosos teóricamente que si no supieran nada, pues toman un cuento de hadas y unos cuantos conceptos junguianos, y se los aplican a los personajes confundiendo y mezclando el yo con el sí mismo, con el ánima o con la sombra. Esto es peor que la carencia total de interpretación, pues es una forma sin base científica, sin objetividad, ingenua y hasta deshonesta, ya que a fin de poder aplicar conceptos junguianos a determinado personaje se ven obligados a distorsionar la historia. Por ejemplo, suponiendo que uno está simplemente atrapado en un error y le adjudica la cualidad de sombra a una de las figuras del cuento de hadas, y se da cuenta al final que esa forma no encaja completamente, tal persona dirá que debió equivocarse desde el principio, o que no lo entendió del todo, o que todo el cuento de hadas estaba equivocado. Otras veces pasan por encima la parte embarazosa con una declaración general y eludiendo los problemas con varias ideas para hacer que sus conceptos armonicen. Si somos cautelosos podremos ver cómo estos conceptos de psicología junguiana sólo pueden utilizarse con restricciones en la interpretación de los cuentos de hadas. Yo misma descubrí esto; de pronto, me di cuenta de que debe ser así porque los cuentos de hadas no son producidos por la mente individual y no son por lo tanto un material individual.
El doctor Jung construyó parte de sus conceptos a través de las observaciones de su propio proceso psíquico y en parte efectuando observaciones sobre los de los demás. Cuando hablamos del ánima pensamos en el hombre como individuo, en el ánima que pertenece a cierto individuo, o si nos referimos al yo es de una persona humana de lo que hablamos, y la sombra, lo oscuro significan el lado inferior de la persona. Pero sería un fraude introducir tales términos en un cuento de hadas, donde no corresponde, y si fueron concebidos durante el proceso de observación de muchos individuos, es bastante dudoso que los conceptos puedan aplicarse a una materia como los cuentos de hadas —materia que probablemente ha sido producida por muchas personas o por un grupo—. Por lo tanto, debemos regresar al problema básico de los cuentos de hadas. La explicación sobre su origen no ha sido aceptada enteramente y podemos aventurar una hipótesis más, a partir de una que estudia estos temas desde el punto de vista psicológico.
Entre la gente sencilla, como por ejemplo, entre campesinos y leñadores, se ha creado el círculo en el que hoy en día se sitúa la mayoría de los cuentos de hadas, de los que existen dos tipos muy particulares: los que pertenecen a la saga local y los cuentos de hadas propiamente dichos. Con frecuencia los del primer tipo no difieren mucho de los cuentos de hadas, sino que generalmente se trata de historias fantásticas que suceden en algún lugar determinado, o en un castillo concreto. Se dice que la gente del pueblo presenció algún acontecimiento particular en ese lugar, etcétera. La historia se recorta y se radica en un sitio bien delimitado donde el héroe se convierte entonces en un ser humano definido y el cuento se relata como si se tratase de un suceso determinado que realmente sucedió, a pesar de tener todas las características de los cuentos de hadas. En éstos encontramos con frecuencia fenómenos parasicológicos mientras que elementos como apariciones o fantasmas son más frecuentes en las sagas locales. Las leyendas generalmente poseen un fundamento histórico o parcialmente histórico. Los santos o los personajes históricos pueden figurar en este tipo de narraciones tradicionales.
En Suiza tenemos la leyenda de Guillermo Tell, y los historiadores discuten entre sí buscando saber si se trata de una historia verdadera, de un cuento de hadas o de un motivo de saga, ya que este personaje también se encuentra en las narraciones tradicionales nórdicas donde reclaman su pretendido origen histórico y se comenta que los hechos sucedieron en un tiempo y lugar determinados. Desde el punto de vista psicológico se trata de algo discutible. Sucede en ocasiones que este tipo de eventos fantásticos pueden ocurrir en la vida ordinaria de un ser humano, y si no podemos comprobar su veracidad decimos que nos están contando un cuento de hadas. Esto me ha sucedido con frecuencia y aquí entramos en el problema de la sincronicidad. Es realmente sorprendente constatar la frecuencia con que hechos, como los de los cuentos de hadas, suceden en la realidad si es propiciada una situación arquetípica. Si tal motivo mitológico se repite realmente, es muy posible que se le adornara al añadírsele elementos que no ocurrieron. Se le puede agregar algún pequeño detalle que lo hace mucho más interesante y hay que aceptar que esto ocurre con frecuencia, cristalizando así un evento mitológico.
Por lo tanto, yo diría que tanto la saga local como la leyenda histórica se basan en acontecimientos verdaderos que realmente ocurrieron y que luego han sido prolongados y extendidos convirtiéndose en historias, y de esta forma se han relatado durante un largo período. Me he encontrado con evidencias actuales que confirman esta teoría. En un pequeño pueblo de las montañas suizas cerca de Chur vivía en un tiempo la familia de un molinero que poseía un libro en el cual se narraban todos los hechos familiares. Algunos de los descendientes de esta familia, que ahora viven allí, aún poseen este antiguo libro de familia en el cual se encuentran escritos sucesos que vivieron sus antepasados desde hace ciento cincuenta años. Una de las historias trata de un molinero que se encuentra con un zorro fantasma que le habló; poco tiempo después, el molinero murió. Éste es un motivo que se ha extendido por todo el mundo: si alguien se encuentra con su alma (con su propio ser) o con un animal que habla, significa un anuncio de su destino fatal.
En 1937 un estudiante de folklore entrevistó a los viejos del pequeño pueblo y los interrogó acerca del molinero; le dijeron que allí había un fantasma y le contaron la misma historia, en parte empobrecida y en parte enriquecida, contando cómo el zorro se atravesó delante del molinero pasando entre sus piernas y causando su muerte. En toda esta región se tiende a creer que un zorro simboliza el alma de una bruja y puede provocar irritación o enrojecimiento de la piel (zorro colorado = piel colorada). De esta manera, una creencia folklórica ampliamente difundida se añadió a la crónica original. También se dice que el zorro es el alma de una tía del molinero y que la muerte de éste fue causada por el alma bruja de la tía. Con frecuencia la vida de un pueblo pequeño es bastante monótona lo cual favorece la invención de emocionantes historias.
En tales casos podemos observar cómo surge una leyenda local, una saga local, debido a la invasión en la conciencia de una imagen arquetípica. Además, si esta saga local tiene un carácter generalizado entonces se extiende desde su lugar de origen a aldeas vecinas y al emigrar pierde su interés local. Por ejemplo, el molinero original tenía un nombre conocido y vivía en un lugar conocido, pero al cambiar éstos, la saga migratoria pierde las características locales que la limitaban a un cierto tiempo y lugar, convirtiéndose en algo más general, al privarse de ese modo de interés local, pero adquiriendo una aceptación más amplia.
Por consiguiente, cuando estudiamos un motivo de un cuento de hadas es como si efectuáramos un estudio de anatomía comparada de la psique humana: en su mayor parte, todo lo que es individual o local desaparece porque no es de interés. A pesar de este hecho tendré que volver sobre esta teoría y modificarla más tarde porque los cuentos de hadas no se encuentran lo suficientemente purificados de factores específicos. Si llevamos a cabo una comparación de leyendas, veremos que, a pesar de que existen algunas similitudes —brujas, animales serviciales, etcétera— la puesta en escena de la historia es bastante diferente ya se trate de los cuentos de hadas de los indios de América del Norte o de los cuentos europeos aunque omitamos nombres y lugares. Estudiar un mito es como estudiar todo el cuerpo de una nación, pero si estudiamos un cuento de hadas es como estudiar su esqueleto, a pesar de que creo que muestra características más básicas de una forma más pura, y si queremos estudiar las estructuras básicas de la psique humana es mejor estudiar el cuento de hadas que el mito. Si aplicamos esta hipótesis regresamos a lo que expresamos anteriormente, a saber, que el héroe y la heroína no son individuos humanos sino figuras arquetípicas.
Cuando en un principio traté de impulsar esta teoría intentando enseñar a otras personas a aceptarla, me vi frente a frente con grandes dificultades emocionales y tuve que admitir que a mí misma no me gustaba la teoría. Una vez más hube de persuadirme de que los personajes de los cuentos de hadas no eran sujetos humanos; sin embargo, no puede uno desprenderse de la idea sugestiva que inspira nuestro ánimo de tratarlos como a seres humanos. Durante mucho tiempo esto constituyó la verdadera dificultad hasta que llegué a la conclusión de que debía existir una base instintiva general de la persona y que debemos suponer que hay una tendencia innata que es una de las características típicas del ser humano.
Ahora bien, si estudiamos la psicología de los niños —y a este respecto me gustaría remitirles a los trabajos de Michael Fordham—, observarán que el yo puede aparecer proyectado como si «no fuera yo». Muchos niños hablan de sí mismos objetivamente denominándose por su nombre y no dicen «yo» porque su «yo» está proyectado sobre su propio nombre. Pronunciar el nombre propio es en algunas ocasiones algo muy importante: «Juanito tiró la leche». La experiencia de sentimiento de identidad con el yo se encuentra ausente. Si observan detenidamente, con frecuencia notarán que en la siguiente etapa de la personalidad el yo se proyecta hacia una persona sobre quien sienten una tremenda admiración. Puede tratarse de un amigo de escuela a quien el niño imita como si estuviese sometido a él. Se puede decir que la futura forma del yo en ese caso es proyectada hacia ese amigo. En tal caso, puede afirmarse qué cualidades que más tarde corresponderán al yo de ese determinado niño, todavía no se identifican con él mismo, sino que son proyectadas hacia otro ser humano.
Aquí observamos la presencia del factor de la construcción del yo a través de una fascinación que induce a la imitación. Por otro lado, si estudiamos las sociedades primitivas nos encontramos con el mismo fenómeno pero de distinta forma ya que en ellas sólo el rey, o el jefe, o el curandero, tienen la cualidad de ser auténticamente alguien, un individuo. En una tribu primitiva, si se comete un crimen, a pesar de poder probarse quién es el culpable, la culpa puede atribuírsele a otro que quiera aceptar el castigo. Esto, por supuesto, desconcierta a los misioneros. La explicación psicológica es que un crimen cometido en una tribu tiene que ser castigado, pero cualquiera (no necesariamente la parte culpable), puede aceptar el castigo, y todo continúa en el orden normal. Por otro lado, si un blanco hiere los sentimientos de alguno de sus sirvientes negros, éste es capaz de ahorcarse, con la creencia de que ese hecho provocará un shock a su amo. Que la persona muera por producir este shock, no les importa, lo fundamental es el shock producido en el otro. El yo es tan débil que lo individual no prevalece, y lo más importante es la venganza. Podemos decir que un paciente con un yo débil se encuentra en esta misma situación.
Si pensamos acerca del complejo del yo nos encontramos con que se trata de un fenómeno muy complicado y debemos admitir que sabemos muy poco al respecto, aunque aparentemente parece tener ciertas características muy difundidas. Se podría anticipar una hipótesis de trabajo, diciendo que el héroe de los cuentos de hadas tiene una imagen psicológica que demuestra esta tendencia a la construcción del yo y nos sirve de modelo. Esto sugiere la palabra «héroe», ya que él es una persona modelo. La reacción de querer imitar esta figura es espontánea. Más adelante, quiero detenerme detalladamente en este tema. El estudio de material mitológico a través de la comparación de héroes y heroínas muestra que tienen en común muchísimas características típicas que identifican ampliamente la imagen con lo que Jung denomina el arquetipo del sí mismo, es decir el aspecto de la personalidad que queda fuera del yo. El yo es únicamente una parte de la totalidad, es la parte consciente de la psique. Una gran parte de la psique no es idéntica a la persona. Jung define la actividad autorreguladora de la totalidad, como el arquetipo del sí mismo. La identificación con el sí mismo, dice Jung, es catastrófica, es muy importante mantener separados los conceptos del sí mismo y del yo.
En Mysterium Conjunctionis, Jung señala que el factor desconocido que constituye el complejo del yo y lo mantiene funcionando es, en realidad, el arquetipo del sí mismo. El complejo del yo tiene una gran continuidad. Por ejemplo: si algo me pasa un día, lo recuerdo al día siguiente. Si cuento con el poder de la voluntad, puedo mantener recuerdos o actitudes en completa continuidad y ésta es una de las maneras de medir la fuerza del complejo del yo. La perseverancia de un pensamiento es la muestra típica de un complejo del yo bien desarrollado y esto puede cultivarse. La continuidad o perseverancia del yo es psicológicamente algo muy misterioso. Podríamos decir que esta fuerte cualidad de continuidad que tiende a desarrollar el complejo del yo de un ser humano, se encuentra respaldada por el arquetipo del sí mismo.
Así, cuando interpretamos historias de hadas, nos encontramos con la constante dificultad de cómo explicar los principales personajes de esa historia. Si la figura se comporta como el yo o como el sí mismo, podemos fácilmente ser despistados. Por lo tanto yo lo llamo: esa parte del arquetipo del sí mismo que es el modelo del complejo del yo y de su estructura general. Una de las principales funciones del arquetipo del sí mismo es apoyar la conciencia del yo y su correcta continuidad. Si tomamos la personalidad humana como una esfera, con el sí mismo abrazando la totalidad de la misma siendo a la vez el factor autorregulador en el centro, cualquier desviación será compensada.
Estas compensaciones las encontramos en los sueños. Si alguien tiene un sentimiento destructivo en contra de otra persona, puede soñar que le arroja algo; debe tomarse en cuenta este aviso, porque los sueños comentan lo que uno hace. Quizá tenga largos períodos sin sueños, pero si se encuentra de nuevo en el peligro de desviarse de la propia totalidad, los sueños volverán. La salud del individuo es mejor cuando el complejo del yo funciona de acuerdo con el sí mismo porque entonces existe un mínimo de perturbaciones neuróticas.
Cuando en los cuentos de hadas el héroe o la heroína han sido maldecidos y es por esta razón que se ven obligados a comportarse de una manera destructiva y negativa, es tarea del héroe entonces redimir a la persona embrujada. Podemos decir que se puede maldecir o embrujar cualquier complejo arquetípico o cualquier unidad estructural del inconsciente colectivo de la psique. Puede no ser el héroe sino cualquier otro complejo. Siempre debemos analizar cuidadosamente para saber qué factor ha sido embrujado o maldecido. En general, podemos decir que esto puede compararse a un estado neurótico. De acuerdo con las leyendas, con frecuencia se inflige una maldición sin ninguna razón. Se trata de un estado en el cual uno se involucra involuntariamente, y en general con inocencia; o, cuando existe culpa, es de naturaleza secundaria, como acontece en la historia de la manzana en el Jardín del Paraíso.
La culpabilidad en un cuento de hadas es, aparentemente, un mal menor, debido a lo cual, la maldición cae sobre cualquier personaje. Tenemos por ejemplo el cuento Los siete cuervos de los hermanos Grimm; en este cuento el padre envía a sus hijos a buscar agua para bautizar a su hermana pero ellos rompen la vasija en donde debían llevarla. En su enfado el padre expresa el deseo de que sus hijos se conviertan en cuervos, momento en el cual los hijos se transforman en cuervos y su hermana tiene que redimirlos. En ocasiones se menciona este tipo de culpa pero generalmente no se nos da razón para la maldición. Por regla general el cuento comienza con el hecho de que existe una princesa embrujada sin que se nos proporcione ninguna explicación o razón por la que sucediera tal maldición. Otro tema es el de una fea bruja que hace el amor con un hermoso príncipe quien la rechaza y uno de los dos maldice al otro, quien, a su vez, se convierte en un animal.
Las sociedades primitivas viven en un miedo constante de la maldición. Es algo que puede ocurrirle a cualquiera en cualquier momento sin que la persona sea culpable de nada. Las vacas, por ejemplo, pueden no tener leche, lo cual puede sucederle a las vacas de cualquiera. En lenguaje psicológico eso lo podemos expresar diciendo que un impulso nos obliga a tener una actitud equivocada, por lo que nos alienamos de nuestros instintos y perdemos nuestro equilibrio interno. A través de la herencia de caracteres uno puede encontrarse empujado hacia tales situaciones. Una persona puede amar la aventura pero si es muy sensible no puede vivir una vida aventurera. Por lo tanto, el ser humano nace con impulsos contradictorios.
En términos psicológicos podemos comparar a una persona embrujada de un cuento de hadas con alguien cuyo funcionamiento de una entidad estructural de la psique humana se encuentra dañada, siendo incapaz de funcionar normalmente. Los complejos actúan unos sobre otros, influyéndose mutuamente. Si un hombre tiene un ánima neurótica, a pesar de que el hombre mismo no lo sea, se sentirá a sí mismo como embrujado, en parte. Esto puede observarse en la vida de los sueños. Un día me desperté y me despedí del mundo con un «adiós» porque pensé que me iba a morir. No estaba triste, sin embargo el extraño estado de ánimo en el que me encontraba se prolongó durante todo el día. Miraba las flores con emoción, tenía un comportamiento agradable con todo el mundo, todo era muy romántico. Esa noche soñé que en realidad un joven sentimental había muerto. Pero lo que en realidad murió fue una especie de ánimus infantil, que ya era hora de que se fuera, pero su moribundo «adiós» afectó mi humor y mi psique entera. ¡Esto es típico!
Se puede decir de alguna gente que no está completamente neurótica pero que tiene enfermo un complejo y por consiguiente, hasta cierto punto, toda la persona está enferma. En ocasiones también nos encontramos con un complejo neurótico en una persona normal. Un complejo se ve afectado y consecuentemente tiene un efecto neurótico sobre el resto de la persona, esto concierne a los diferentes grados de neurosis. Por otro lado, cuando ciertos complejos se ven afectados, una persona normal puede volverse completamente loca. Estar embrujado significa, en general, que una estructura particular de la psique está deteriorada o dañada en su funcionamiento y el todo resulta afectado, porque todos los complejos viven dentro de un orden social establecido por la totalidad de la psique y es por esto por lo que estamos interesados en el motivo del embrujamiento y su cura.
domingo, septiembre 15, 2013
De vuelta al paraíso
En cierta ocasión le preguntaron a Ramesch, uno de los grandes maestros de la India, lo siguiente: - ¿Por qué existen personas que salen fácilmente de los problemas más complicados, mientras que otras sufren por problemas muy pequeños y se ahogan en un vaso de agua? Él simplemente sonrió y contó una historia...
"Era un sujeto que vivió amorosamente toda su vida. Cuando murió, todo el mundo decía que él iría al cielo, pues un hombre tan bondadoso solamente podría ir al Paraíso. En aquella época el cielo todavía no había pasado por un programa de calidad total. La recepción no funcionaba muy bien, y quien lo atendió dio una ojeada rápida a las fichas de entrada, pero como no vio su nombre en la lista, le orientó para que pudiera llegar al Infierno. Y como en el infierno nadie exigía identificación ni invitación (cualquiera que llegara estaba invitado a entrar), El sujeto entró y se quedó.
Algunos días después Lucifer llegó furioso a las puertas del Paraíso y le dijo a San Pedro:
- ¡Eso que estás haciendo es puro terrorismo! Mandaste a aquel sujeto al Infierno y él me está desmoralizando! Llegó escuchando a las personas, mirándolas a los ojos, conversando con ellas. Ahora todo el mundo está dialogando, abrazándose, besándose. ¡El Infierno no es lugar para eso! Por favor, trae a ese sujeto para acá!"
Cuando Ramesh terminó de contar esta historia dijo:
- Vive con tanto amor en el corazón que, si por error vas a parar al Infierno, el propio demonio te traiga de vuelta al Paraíso.
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martes, septiembre 03, 2013
PIEL DE ASNO

Érase una vez un rey tan famoso, tan amado por su pueblo, tan respetado por todos sus vecinos, que de él podía decirse que era el más feliz de los monarcas. Su dicha se confirmaba aún más por la elección que hiciera de una princesa tan bella como virtuosa; y estos felices esposos vivían en la más perfecta unión. De su casto himeneo había nacido una hija dotada de encantos y virtudes tales que no se lamentaban de tan corta descendencia.
La magnificencia, el buen gusto y la abundancia reinaban en su palacio. Los ministros eran hábiles y prudentes; los cortesanos virtuosos y leales, los servidores fieles y laboriosos. Sus caballerizas eran grandes y llenas de los más hermosos caballos del mundo, ricamente enjaezados. Pero lo que asombraba a los visitantes que acudían a admirar estas hermosas cuadras, era que en el sitio más destacado un señor asno exhibía sus grandes y largas orejas. Y no era por capricho sino con razón que el rey le había reservado un lugar especial y destacado. Las virtudes de este extraño animal merecían semejante distinción, pues la naturaleza lo había formado de modo tan extraordinario que su pesebre, en vez de suciedades, se cubría cada mañana con hermosos escudos y luises* de todos tamaños, que eran recogidos a su despertar.
Pues bien, como las vicisitudes de la vida alcanzan tanto a los reyes como a los súbditos, y como siempre los bienes están mezclados con algunos males, el cielo permitió que la reina fuese aquejada repentinamente de una penosa enfermedad para la cual, pese a la ciencia y a la habilidad de los médicos, no se pudo encontrar remedio.
La desolación fue general. El rey, sensible y enamorado a pesar del famoso proverbio que dice que el matrimonio es la tumba del amor, sufría sin alivio, hacía encendidos votos a todos los templos de su reino, ofrecía su vida a cambio de la de su esposa tan querida; pero dioses y hadas eran invocados en vano.
La reina, sintiendo que se acercaba su última hora, dijo a su esposo que estaba deshecho en llanto:
-Permíteme, antes de morir, que te exija una cosa, si quisieras volver a casarte...
A estas palabras el rey, con quejas lastimosas, tomó las manos de su mujer, las bañó de lágrimas, y asegurándole que estaba de más hablarle de un segundo matrimonio:
-No, no -dijo por fin- mi amada reina, háblame más bien de seguirte.
-El Estado -repuso la reina con una firmeza que aumentaba las lamentaciones de este príncipe-, el Estado que exige sucesores ya que sólo te he dado una hija, debe apremiarte para que tengas hijos que se te parezcan; mas te ruego, por todo el amor que me has tenido, no ceder a los apremios de tus súbditos sino hasta que encuentres una princesa más bella y mejor que yo. Quiero tu promesa, y entonces moriré contenta.
Es de presumir que la reina, que no carecía de amor propio, había exigido esta promesa convencida de que nadie en el mundo podía igualarla, y se aseguraba de este modo que el rey jamás volviera a casarse. Finalmente, ella murió. Nunca un marido hizo tanto alarde: llorar, sollozar día y noche, menudo derecho que otorga la viudez, fue su única ocupación.
Los grandes dolores son efímeros. Además, los consejeros del Estado se reunieron y en conjunto fueron a pedirle al rey que volviera a casarse.
Esta proposición le pareció dura y le hizo derramar nuevas lágrimas. Invocó la promesa hecha a la reina, y los desafió a todos a encontrar una princesa más hermosa y más perfecta que su difunta esposa, pensando que aquello era imposible.
Pero el consejo consideró tal promesa como una bagatela, y opinó que poco importaba la belleza, con tal que una reina fuese virtuosa y nada estéril; que el Estado exigía príncipes para su tranquilidad y paz; que, a decir verdad, la infanta tenía todas las cualidades para hacer de ella una buena reina, pero era preciso elegirle a un extranjero por esposo; y que entonces, o el extranjero se la llevaba con él o bien, si reinaba con ella, sus hijos no serían considerados del mismo linaje y además, no habiendo príncipe de su dinastía, los pueblos vecinos podían provocar guerras que acarrearían la ruina del reino. El rey, movido por estas consideraciones, prometió que lo pensaría.
Efectivamente, buscó entre las princesas casaderas cuál podría convenirle. A diario le llevaban retratos atractivos; pero ninguno exhibía los encantos de la difunta reina. De este modo, no tomaba decisión alguna.
Por desgracia, empezó a encontrar que la infanta, su hija, era no solamente hermosa y bien formada, sino que sobrepasaba largamente a la reina su madre en inteligencia y agrado. Su juventud, la atrayente frescura de su hermosa piel, inflamó al rey de un modo tan violento que no pudo ocultárselo a la infanta, diciéndole que había resuelto casarse con ella pues era la única que podía desligarlo de su promesa.
La joven princesa, llena de virtud y pudor, creyó desfallecer ante esta horrible proposición. Se echó a los pies del rey su padre, y le suplicó con toda la fuerza de su alma, que no la obligara a cometer un crimen semejante.
El rey, que estaba empecinado con este descabellado proyecto, había consultado a un anciano druida, para tranquilizar la conciencia de la joven princesa. Este druida, más ambicioso que religioso, sacrificó la causa de la inocencia y la virtud al honor de ser confidente de un poderoso rey. Se insinuó con tal destreza en el espíritu del rey, le suavizó de tal manera el crimen que iba a cometer, que hasta lo persuadió de estar haciendo una obra pía al casarse con su hija.
El rey, halagado por el discurso de aquel malvado, lo abrazó y salió más empecinado que nunca con su proyecto: hizo dar órdenes a la infanta para que se preparara a obedecerle.
La joven princesa, sobrecogida de dolor, pensó en recurrir a su madrina, el hada de las Lilas. Con este objeto, partió esa misma noche en un lindo cochecito tirado por un cordero que sabía todos los caminos. Llegó a su destino con toda felicidad. El hada, que amaba a la infanta, le dijo que ya estaba enterada de lo que venía a decirle, pero que no se preocupara: nada podía pasarle si ejecutaba fielmente todo lo que le indicaría.
-Porque, mi amada niña -le dijo- sería una falta muy grave casarte con tu padre; pero, sin necesidad de contradecirlo, puedes evitarlo: dile que para satisfacer un capricho que tienes, es preciso que te regale un vestido color del tiempo. Jamás, con todo su amor y su poder, podrá lograrlo.
La princesa le dio las gracias a su madrina, y a la mañana siguiente le dijo al rey su padre lo que el hada le había aconsejado y reiteró que no obtendrían de ella consentimiento alguno hasta tener el vestido color del tiempo.
El rey, encantado con la esperanza que ella le daba, reunió a los más famosos costureros y les encargó el vestido bajo la condición de que si no eran capaces de realizarlo los haría ahorcar a todos.
No tuvo necesidad de llegar a ese extremo: a los dos días trajeron el tan ansiado traje. El firmamento no es de un azul más bello, cuando lo circundan nubes de oro, que este hermoso vestido al ser desplegado. La infanta se sintió toda acongojada y no sabía cómo salir del paso. El rey apremiaba la decisión. Hubo que recurrir nuevamente a la madrina quien, asombrada porque su secreto no había dado resultado, le dijo que tratara de pedir otro vestido del color de la luna.
El rey, que nada podía negarle a su hija, mandó buscar a los más diestros artesanos, y les encargó en forma tan apremiante un vestido del color de la luna, que entre ordenarlo y traerlo no mediaron ni veinticuatro horas. La infanta, más deslumbrada por este soberbio traje que por la solicitud de su padre, se afligió desmedidamente cuando estuvo con sus damas y su nodriza.
El hada de las Lilas, que todo lo sabía, vino en ayuda de la atribulada princesa y le dijo:
-O me equivoco mucho, o creo que si pides un vestido color del sol lograremos desalentar al rey tu padre, pues jamás podrán llegar a confeccionar un vestido así.
La infanta estuvo de acuerdo y pidió el vestido; y el enamorado rey entregó sin pena todos los diamantes y rubíes de su corona para ayudar a esta obra maravillosa, con la orden de no economizar nada para hacer esta prenda semejante al sol. Fue así que cuando el vestido apareció, todos los que lo vieron desplegado tuvieron que cerrar los ojos, tan deslumbrante era.
¡Cómo se puso la infanta ante esta visión! Jamás se había visto algo tan hermoso y tan artísticamente trabajado. Se sintió confundida; y con el pretexto de que a la vista del traje le habían dolido los ojos, se retiró a su aposento donde el hada la esperaba, de lo más avergonzada. Fue peor aún, pues al ver el vestido color del sol, se puso roja de ira.
-¡Oh!, como último recurso, hija mía, -le dijo a la princesa- vamos a someter al indigno amor de tu padre a una terrible prueba. Lo creo muy empecinado con este matrimonio, que él cree tan próximo; pero pienso que quedará un poco aturdido si le haces el pedido que te aconsejo: la piel de ese asno que ama tan apasionadamente y que subvenciona tan generosamente todos sus gastos. Ve, y no dejes de decirle que deseas esa piel.
La princesa, encantada de encontrar una nueva manera de eludir un matrimonio que detestaba, y pensando que su padre jamás se resignaría a sacrificar su asno, fue a verlo y le expuso su deseo de tener la piel de aquel bello animal.
Aunque extrañado por este capricho, el rey no vaciló en satisfacerlo. El pobre asno fue sacrificado y su piel galantemente llevada a la infanta quien, no viendo ya ningún otro modo de esquivar su desgracia, iba a caer en la desesperación cuando su madrina acudió.
-¿Qué haces, hija mía? -dijo, viendo a la princesa arrancándose los cabellos y golpeándose sus hermosas mejillas-. Este es el momento más hermoso de tu vida. Cúbrete con esta piel, sal del palacio y parte hasta donde la tierra pueda llevarte: cuando se sacrifica todo a la virtud, los dioses saben recompensarlo. ¡Parte! Yo me encargo de que todo tu tocador y tu guardarropa te sigan a todas partes; dondequiera que te detenga, tu cofre conteniendo vestidos, alhajas, seguirá tus pasos bajo tierra; y he aquí mi varita, que te doy: al golpear con ella el suelo cuando necesites tu cofre, éste aparecerá ante tus ojos. Mas, apresúrate en partir, no tardes más.
La princesa abrazó mil veces a su madrina, le rogó que no la abandonara, se revistió con la horrible piel luego de haberse refregado con hollín de la chimenea, y salió de aquel suntuoso palacio sin que nadie la reconociera.
La ausencia de la infanta causó gran revuelo. El rey, que había hecho preparar una magnífica fiesta, estaba desesperado e inconsolable. Hizo salir a más de cien guardias y más de mil mosqueteros en busca de su hija; pero el hada, que la protegía, la hacía invisible a los más hábiles rastreos. De modo que al fin hubo que resignarse.
Mientras tanto, la princesa caminaba. Llegó lejos, muy lejos, todavía más lejos, en todas partes buscaba un trabajo. Pero, aunque por caridad le dieran de comer, la encontraban tan mugrienta qué nadie la tomaba.
Andando y andando, entró a una hermosa ciudad, a cuyas puertas había una granja; la granjera necesitaba una sirvienta para lavar la ropa de cocina, y limpiar los pavos y las pocilgas de los puercos. Esta mujer, viendo a aquella viajera tan sucia; le propuso entrar a servir a su casa, lo que la infanta aceptó con gusto, tan cansada estaba de todo lo que había caminado.
La pusieron en un rincón apartado de la cocina donde, durante los primeros días, fue el blanco de las groseras bromas de la servidumbre, así era la repugnancia que inspiraba su piel de asno.
Al fin se acostumbraron; además, ella ponía tanto empeño en cumplir con sus tareas que la granjera la tomó bajo su protección. Estaba encargada de los corderos, los metía al redil cuando era preciso: llevaba a los pavos a pacer, todo con una habilidad como si nunca hubiese hecho otra cosa. Así pues, todo fructificaba bajo sus bellas manos.
Un día estaba sentada junto a una fuente de agua clara, donde deploraba a menudo su triste condición. Se le ocurrió mirarse: la horrible piel de asno que constituía su peinado y su ropaje, la espantó. Avergonzada de su apariencia, se refregó hasta que se sacó toda la mugre de la cara y de las manos, las que quedaron más blancas que el marfil, y su hermosa tez recuperó su frescura natural.
La alegría de verse tan bella le provocó el deseo de bañarse, lo que hizo; pero tuvo que volver a ponerse la indigna piel para volver a la granja. Felizmente, el día siguiente era de fiesta; así pues, tuvo tiempo para sacar su cofre, arreglar su apariencia, empolvar sus hermosos cabellos y ponerse su precioso traje color del tiempo. Su cuarto era tan pequeño que no se podía extender la cola de aquel magnífico vestido. La linda princesa se miraba y se admiraba a sí misma con razón, de modo que, para no aburrirse, decidió ponerse por turno todas sus hermosas tenidas los días de fiesta y los domingos, lo que hacía puntualmente. Con un arte admirable, adornaba sus cabellos mezclando flores y diamantes; a menudo suspiraba pensando que los únicos testigos de su belleza eran sus corderos y sus pavos que la amaban igual con su horrible piel de asno, que había dado origen al apodo con que la nombraban en la granja.
Un día de fiesta en que Piel de Asno se había puesto su vestido color del sol, el hijo del rey, a quien pertenecía esta granja, hizo allí un alto para descansar al volver de caza. El príncipe era joven, hermoso y apuesto; era el amor de su padre y de la reina su madre, y su pueblo lo adoraba. Ofrecieron a este príncipe una colación campestre, que él aceptó; luego se puso a recorrer los gallineros y todos los rincones.
Yendo así de un lugar a otro entró por un callejón sombrío al fondo del cual vio una puerta cerrada. Llevado por la curiosidad, puso el ojo en la cerradura. ¿pero qué le pasó al divisar a una princesa tan bella y ricamente vestida, que por su aspecto noble y modesto, él tomó por una diosa? El ímpetu del sentimiento que lo embargó en ese momento lo habría llevado a forzar la puerta, a no mediar el respeto que le inspirara esta persona maravillosa.
Tuvo que hacer un esfuerzo para regresar por ese callejón oscuro y sombrío, pero lo hizo para averiguar quién vivía en ese pequeño cuartito. Le dijeron que era una sirvienta que se llamaba Piel de Asno a causa de la piel con que se vestía; y que era tan mugrienta y sucia que nadie la miraba ni le hablaba, y que la habían tomado por lástima para que cuidara los corderos y los pavos.
El príncipe, no satisfecho con estas referencias, se dio cuenta de que estas gentes rudas no sabían nada más y que era inútil hacerles más preguntas. Volvió al palacio del rey su padre, indeciblemente enamorado, teniendo constantemente ante sus ojos la imagen de esta diosa que había visto por el ojo de la cerradura. Se lamentó de no haber golpeado a la puerta, y decidió que no dejaría de hacerlo la próxima vez.
Pero la agitación de su sangre, causada por el ardor de su amor, le provocó esa misma noche una fiebre tan terrible que pronto decayó hasta el más grave extremo. La reina su madre, que tenía este único hijo, se desesperaba al ver que todos los remedios eran inútiles. En vano prometía las más suntuosas recompensas a los médicos; éstos empleaban todas sus artes, pero nada mejoraba al príncipe. Finalmente, adivinaron que un sufrimiento mortal era la causa de todo este daño; se lo dijeron a la reina quien, llena de ternura por su hijo, fue a suplicarle que contara la causa de su mal; y aunque se tratara de que le cedieran la corona, el rey su padre bajaría de su trono sin pena para hacerlo subir a él; que si deseaba a alguna princesa, aunque se estuviera en guerra con el rey su padre y hubiese justos motivos de agravio, sacrificarían todo para darle lo que deseaba; pero le suplicaba que no se dejara morir, puesto que de su vida dependía la de sus padres. La reina terminó este conmovedor discurso no sin antes derramar un torrente de lágrimas sobre el rostro de su hijo.
-Señora -le dijo por fin el príncipe, con una voz muy débil- no soy tan desnaturalizado como para desear la corona de mi padre; ¡quiera el cielo que él viva largos años y me acepte durante mucho tiempo como el más respetuoso y fiel de sus súbditos! En cuanto a las princesas que me ofreces; aún no he pensado en casarme; y bien sabes que, sumiso como soy a sus voluntades, los obedeceré siempre, a cualquier precio.
-¡Ah!, hijo mío -repuso la reina- ningún precio es muy alto para salvarte la vida; mas, querido hijo, salva la mía y la del rey tu padre, diciéndome lo que deseas, y ten la plena seguridad que te será acordado.
-¡Pues bien!, señora -dijo él- si tengo que descubrirte mi pensamiento, te obedeceré. Me sentiría un criminal si pongo en peligro dos cabezas que me son tan queridas. Sí, madre mía, deseo que Piel de Asno me haga una torta y tan pronto como esté hecha, me la traigan.
La reina, sorprendida ante este extraño nombre, preguntó quién era Piel de Asno.
-Es, señora -replicó uno de sus oficiales que por casualidad había visto a esa niña-, la sabandija más vil después del lobo; una mugrienta que vive en la granja de usted y que cuida sus pavos.
-No importa -dijo la reina-, mi hijo, al volver de caza, ha probado tal vez su pastelería; es una fantasía de enfermo. En una palabra, quiero que Piel de Asno, puesto que de Piel de Asno se trata, le haga ahora mismo una torta.
Corrieron a la granja y llamaron a Piel de Asno para ordenarle que hiciera con el mayor esmero una torta para el príncipe.
Algunos autores sostienen que Piel de Asno, cuando el príncipe había puesto sus ojos en la cerradura, con los suyos lo había visto; y que en seguida, mirando por su ventanuco, había mirado a aquel príncipe tan joven, tan hermoso y bien plantado que no había podido olvidar su imagen y que a menudo ese recuerdo le arrancaba suspiros.
Como sea, si Piel de Asno lo vio o había oído decir de él muchos elogios, encantada de hallar una forma para darse a conocer, se encerró en su cuartucho, se sacó su fea piel, se lavó manos y rostro, peinó sus rubios cabellos, se puso un corselete de plata brillante, una falda igual, y se puso a hacer la torta tan apetecida: usó la más pura harina, huevos y mantequilla fresca. Mientras trabajaba, ya fuera adrede o de otra manera, un anillo que llevaba en el dedo cayó dentro de la masa y se mezcló a ella. Cuando la torta estuvo cocida, se colocó su horrible piel y fue a entregar la torta al oficial, a quien le preguntó por el príncipe; pero este hombre, sin dignarse contestar, corrió donde el príncipe a llevarle la torta.
El príncipe la arrebató de manos de aquel hombre y se la comió con tal avidez que los médicos presentes no dejaron de pensar que este furor no era buen signo. En efecto, el príncipe casi se ahogó con el anillo que encontró en uno de los pedazos, pero se lo sacó diestramente de la boca; y el ardor con que devoraba la torta se calmó, al examinar esta fina esmeralda montada en un junquillo de oro cuyo círculo era tan estrecho que, pensó él, sólo podía caber en el más hermoso dedito del mundo.
Besó mil veces el anillo, lo puso bajo sus almohadas, y lo sacaba cada vez que sentía que nadie lo observaba. Se atormentaba imaginando cómo hacer venir a aquélla a quien este anillo le calzara; no se atrevía a creer, si llamaba a Piel de Asno que había hecho la torta, que le permitieran hacerla venir; no se atrevía tampoco a contar lo que había visto por el ojo de la cerradura temiendo ser objeto de burla y tomado por un visionario; acosado por todos estos pensamientos simultáneos, la fiebre volvió a aparecer con fuerza. Los médicos, no sabiendo ya qué hacer, declararon a la reina que el príncipe estaba enfermo de amor. La reina acudió donde su hijo acompañada del rey que se desesperaba.
-Hijo mío, hijo querido -exclamó el monarca afligido- nómbranos a la que quieres. Juramos que te la daremos, aunque fuese la más vil de las esclavas.
Abrazándolo, la reina le reiteró la promesa del rey. El príncipe, enternecido por las lágrimas y caricias de los autores de sus días, les dijo:
-Padre y madre míos, no me propongo hacer una alianza que les disguste. Y en prueba de esta verdad -añadió, sacando la esmeralda que escondía bajo la cabecera- me casaré con aquella a quien le venga este anillo; y no parece que la que tenga este precioso dedo sea una campesina ordinaria.
El rey y la reina tomaron el anillo, lo examinaron con curiosidad, y pensaron, al igual que el príncipe, que este anillo no podía quedarle bien sino a una joven de alta alcurnia. Entonces el rey, abrazando a su hijo y rogándole que sanara, salió, hizo tocar los tambores, los pífanos y las trompetas por toda la ciudad, y anunciar por los heraldos que no tenían más que venir al palacio a probarse el anillo; y aquella a quien le cupiera justo se casaría con el heredero del trono.
Las princesas acudieron primero, luego las duquesas, las marquesas y las baronesas; pero por mucho que se hubieran afinado los dedos, ninguna pudo ponerse el anillo. Hubo que pasar a las modistillas que, con ser tan bonitas, tenían los dedos demasiado gruesos. El príncipe, que se sentía mejor, hacía él mismo probar el anillo.
Al fin les tocó el turno a las camareras, que no tuvieron mejor resultado. Ya no quedaba nadie que no hubiese ensayado infructuosamente la joya, cuando el príncipe pidió que vinieran las cocineras, las ayudantes, las cuidadoras de rebaños. Todas acudieron, pero sus dedos regordetes; cortos y enrojecidos no dejaron pasar el anillo más allá de la una.
-¿Hicieron venir a esa Piel de Asno que me hizo una torta en días pasados? -preguntó el príncipe.
Todos se echaron a reír y le dijeron que no, era demasiado inmunda y repulsiva.
-¡Que la traigan en el acto! -dijo el rey-. No se dirá que yo haya hecho una excepción.
La princesa, que había escuchado los tambores y los gritos de los heraldos, se imaginó muy bien que su anillo era lo que provocaba este alboroto. Ella amaba al príncipe y como el verdadero amor es timorato y carece de vanidad, continuamente la asaltaba el temor de que alguna dama tuviese el dedo tan menudo como el suyo. Sintió, pues, una gran alegría cuando vinieron a buscarla y golpearon a su puerta.
Desde que supo que buscaban un dedo adecuado a su anillo, no se sabe qué esperanza la había llevado a peinarse cuidadosamente y a ponerse su hermoso corselete de plata con la falda llena de adornos de encaje de plata, salpicados de esmeraldas. Tan pronto como oyó que golpeaban a su puerta y que la llamaban para presentarse ante el príncipe, se cubrió rápidamente con su piel de asno, abrió su puerta y aquellas gentes, burlándose de ella, le dijeron que el rey la llamaba para casarla con su hijo. Luego, en medio de estruendosas risotadas, la condujeron donde el príncipe quien, sorprendido él mismo por el extraño atavío de la joven, no se atrevió a creer que era la misma que había visto tan elegante y bella. Triste y confundido por haberse equivocado, le dijo:
-¿Eres tú la que habita al fondo de ese callejón oscuro, en el tercer gallinero de la granja?
-Sí, su señoría -respondió ella.
-Muéstrame tu mano -dijo él temblando y dando un hondo suspiro.
¡Señores! ¿quién quedó asombrado? Fueron el rey y la reina, así como todos los chambelanes y los grandes de la corte, cuando de adentro de esa piel negra y sucia, se alzó una mano delicada, blanca y sonrosada, y el anillo entró sin esfuerzo en el dedito más lindo del mundo; y, mediante un leve movimiento que hizo caer la piel, la infanta apareció de una belleza tan deslumbrante que el príncipe, aunque todavía estaba débil, se puso a sus pies y le estrechó las rodillas con un ardor que a ella la hizo enrojecer. Pero casi no se dieron cuenta pues el rey y la reina fueron a abrazar a la princesa, pidiéndole si quería casarse con su hijo.
La princesa, confundida con tantas caricias y ante el amor que le demostraba el joven príncipe, iba, sin embargo, a darles las gracias, cuando el techo del salón se abrió, y el hada de las Lilas, bajando en un carro hecho de ramas y de las flores de su nombre, contó, con infinita gracia, la historia de la infanta.
El rey y la reina, encantados al saber que Piel de Asno era una gran princesa, redoblaron sus muestras de afecto; pero el príncipe fue más sensible ante la virtud de la princesa, y su amor creció al saberlo. La impaciencia del príncipe por casarse con la princesa fue tanta, que a duras penas dio tiempo para los preparativos apropiados a este augusto matrimonio.
El rey y la reina, que estaban locos con su nuera, le hacían mil cariños y siempre la tenían abrazada. Ella había declarado que no podía casarse con el príncipe sin el consentimiento del rey su padre. De modo que fue el primero a quien le enviaran una invitación, sin decirle quién era la novia; el hada de las Lilas, que supervigilaba todo, como era natural, lo había exigido a causa de las consecuencias.
Vinieron reyes de todos los países; unos en silla de manos, otros en calesa, unos más distantes montados sobre elefantes, sobre tigres, sobre águilas: pero el más imponente y magnífico de los ilustres personajes fue el padre de la princesa quien, felizmente, había olvidado su amor descarriado y contraído nupcias con una viuda muy hermosa que no le había dado hijos.
La princesa corrió a su encuentro; él la reconoció en el acto y la abrazó con una gran ternura, antes de que ella tuviera tiempo de echarse a sus pies. El rey y la reina le presentaron a su hijo, a quien colmó de amistad. Las bodas se celebraron con toda pompa imaginable. Los jóvenes esposos, poco sensibles a estas magnificencias, sólo tenían ojos para ellos mismos.
El rey, padre del príncipe, hizo coronar a su hijo ese mismo día y, besándole la mano, lo puso en el trono, pese a la resistencia de aquel hijo bien nacido; pero había que obedecer.
Las fiestas de esta ilustre boda duraron cerca de tres meses y el amor de los dos esposos todavía duraría si los dos no hubieran muerto cien años después.
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