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sábado, febrero 13, 2016

Neurociencia: por qué el aburrimiento es todo menos aburrido




Actualmente, un número chico de científicos está abocado a un estudio serio sobre qué es, cómo se manifiesta en el cerebro y cómo se relaciona el aburrimiento con factores como el autocontrol.

Por Maggie Koerth - Baker Nature News ©2016

En 1990, cuando James Danckert tenía 18 años, su hermano mayor Paul chocó su auto contra un árbol. Lo sacaron con múltiples lesiones, incluyendo trauma cerebral.

La recuperación resultó difícil. Paul había sido baterista, pero incluso después de que sanara una muñeca rota, la batería ya no lo ponía contento. Según Danckert, Paul se quejaba amargamente una y otra vez de que, simplemente, estaba aburrido. “No tenía ni un indicio de apatía”, dice Danckert. “Le resultaba profundamente frustrante e insatisfactorio sentirse intensamente aburrido con las cosas que solían gustarle”, recuerda.

Pocos años después, cuando Danckert estudiaba para neuropsicólogo clínico, terminó trabajando con aproximadamente 20 jóvenes que también habían sufrido lesión cerebral traumática. Pensando en su hermano, les preguntó si también se aburrían más fácilmente que antes. “Y cada uno de ellos”, afirma, “me contestó que sí”.

Esas experiencias ayudaron a lanzar a Danckert en su actual camino de investigación. Siendo actualmente un neurocientífico cognitivo de la Universidad de Waterloo, en Canadá, forma parte de un número chico pero creciente de investigadores que participan de un estudio científico serio sobre el aburrimiento.

No hay ninguna definición universalmente aceptada de aburrición. Pero sea lo que sea, sostienen los investigadores, no es simplemente otro nombre para depresión o apatía. Parece ser un estado mental específico que a la gente le resulta desagradable; una falta de estímulo que deja anhelando alivio, con un montón de consecuencias médicas, sociales y de comportamiento.

En estudios de atracones de comida, por ejemplo, el aburrimiento es uno de los factores desencadenantes más frecuentes, junto con la sensación de depresión y ansiedad. En un estudio de distracción que usó un simulador de autos, la gente tendiente al aburrimiento típicamente manejó a mayor velocidad que otros participantes, tardó más en responder a peligros inesperados y flotó con más frecuencia hacia las rayas centrales. Y en un sondeo de 2003, adolescentes estadounidenses que dijeron sentirse frecuentemente aburridos tuvieron 50 por ciento más probabilidad de posteriormente volverse fumadores, bebedores y consumidores de drogas, en comparación con sus compañeros con menor tendencia a aburrirse.

El aburrimiento incluso explica aproximadamente 25 por ciento de la variación en los logros de los estudiantes, dice Jennifer Vogel Walcutt, psicóloga del desarrollo del Grupo de Desempeño Cognitivo, firma consultora de Orlando, Florida. Es casi el mismo porcentaje atribuido a la inteligencia innata.

El aburrimiento es “algo que requiere significativa consideración”, subraya.

Los investigadores esperan convertir dichos indicios en un profundo entendimiento de qué es la aburrición, cómo se manifiesta en el cerebro y cómo se relaciona con factores como el autocontrol. Pero “estamos lejos de responder a esas cuestiones”, dice Shane Bench, un psicólogo que estudia aburrimiento en el laboratorio de Heather Lench de la Universidad de Texas A&M, en College Station. En particular, los investigadores necesitan mejores formas de medir la aburrición y técnicas más confiables para hacer que los sujetos de investigación se sientan aburridos en el laboratorio.

No obstante, el campo está creciendo. En mayo de 2015 la Universidad de Varsovia captó casi 50 participantes en su segunda conferencia anual sobre el aburrimiento, que atrajo a conferenciantes internacionales de la psicología social y la sociología. Y en noviembre, Danckert reunió aproximadamente una docena de investigadores de Canadá y Estados Unidos para un taller sobre el tema.

Investigadores de campos que van desde la genética a la filosofía, de la psicología a la historia, están empezando a trabajar juntos en investigación sobre el aburrimiento, dice John Eastwood, un psicólogo de la Universidad de York, en Toronto, Canadá. “Una masa crítica de gente que aborde cuestiones similares crea más inercia”, agrega.




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lunes, octubre 19, 2015

Podemos llegar a odiarnos




Llegan a consulta. Cuando los recibo se muestran fríos, dejando ver la distancia que les separa. Cuando comienzan a hablar se puede apreciar el resentimiento y el rencor que subyace a sus palabras, se suceden las críticas, los reproches que abren un abismo entre ellos. No se escuchan, se interrumpen con acusaciones.

Este es el último cartucho, manifiestan al final. Sin embargo su mirada está más enfocada en la separación que en el encuentro. Al oírlos me cuesta creer que alguna vez se hayan querido. Cada uno aparece ante el otro desdibujado, despojado de las cualidades que un día fueron reconocidas y valoradas.

“Desde el principio había mucha atracción física entre nosotros, era como un imán que nos atraía irremisiblemente. Cada vez que coincidíamos y nos encontrábamos sentíamos alegría de vernos de nuevo, hasta que un día nos dejamos llevar por la pasión y comenzamos nuestra historia de amor. Me gustaba todo de él”, dice ella con los ojos brillantes.

“Yo la veía como la mujer más especial que había conocido nunca”, añade él sin apenas mirarla, como queriendo recrearse en aquellos sentimientos de tiempo atrás.

Esta historia se repite en las conversaciones entre amigos, en las consultas de los psicólogos. El amor puede tornarse en odio cuando no se cuida. En estudios científicos, entre los que destacan las investigaciones de Sterberg, se observó que el odio no podía ser entendido sin el amor ya que ambos se encuentran estrechamente relacionados debido a la similitud de sus componentes.

La teoría triangular del amor sostiene que en el amor subyacen tres componentes:

La intimidad, la pasión y la decisión y compromiso. Estos componentes no son estáticos, están en constante interacción entre ellos lo que da como resultado los siete tipos de amor: cariño, encaprichamiento, amor vacío, romántico, sociable, fatuo y consumado.

Por otra parte, la teoría triangular del odio es justo lo opuesto de los mismos componentes. Negación de la intimidad, que busca la desvinculación emocional y se alimenta del rechazo; pasión en el odio en forma de furia y compromiso en el odio, que devalúa a la persona para justificar el abandono.

También las neurociencias han obtenido resultados que ayudan a comprender mejor por qué es tan fácil pasar del amor al odio. Desde un punto de vista biológico, el odio activa numerosas áreas cerebrales y muchas regiones que se activan cuando se odia son las mismas que cuando se está enamorado.

El odio se gesta con las pequeñas cosas que dejamos sin resolver adecuadamente, como ocurre en el caso de nuestra pareja, y va creando círculos de fuego en los que muchas veces acabamos quemándonos. Comenzamos a echar leña al fuego cuando no se cumplen nuestras expectativas respecto a lo que esperamos de las personas amadas y comenzamos a acumular quejas.

El desamor llega con la negación de todo lo que habíamos pensado e imaginado del otro, dejamos de valorar y apreciar sus cualidades y desdibujamos en nosotros la imagen de ese ser único y diferente del que nos enamoramos.

En este proceso suelen haber al principio muchos intentos de tapar o justificar el dolor que produce la decepción. Sin embargo, conforme avanza la vivencia de desencuentro, se convierte la relación en un gran punto negro, desde el que solamente se ve lo negativo. Llegados a este punto, ya está instalado el odio en nuestro corazón e instaurado el mecanismo de proyección desde el que culpamos al otro de nuestro sufrimiento y le odiamos porque deja al desnudo nuestras debilidades, nuestra dependencia y nuestra inseguridad.

Las personas más vulnerables a albergar sentimientos de odio son aquellas que tienen baja autoestima, porque se sienten atacadas más fácilmente que las personas seguras de sí mismas. La inseguridad que domina en las personas con una autoestima devaluada, unida a las comparaciones, los sentimientos de inferioridad, la baja tolerancia a la frustración, el miedo, los complejos y la intolerancia, impiden que canalicen de forma adecuada sus emociones por lo que son fuentes generadoras de odio en sus relaciones personales y sociales.

El odio corroe a quien lo siente; mina el estado anímico y puede llegar incluso a derivar en problemas de salud como el insomnio, el estrés, la ansiedad o la depresión y debilita considerablemente el sistema inmunológico.

El odio igual que el amor supone una “instalación”. Cuando dejamos de estar instalados en el odio, recuperamos nuestra capacidad para ver al otro en toda su dimensión, y podemos proyectarnos desde el sentimiento amoroso que favorece el encuentro.

http://mundoejecutivo.com.mx/

*Psicóloga, profesora Universidad de Murcia