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jueves, enero 14, 2016

EL DOLOR, UN INESPERADO MAESTRO



Andrea Ferreira (nombre supuesto) llegó a mi consulta cuando su mundo de lujo, confort y bienestar literalmente se había venido abajo. Y se negaba rotundamente a renunciar a la vida ostentosa que venía llevando. Pero la realidad le estaba dando una gran cachetada: perdió su empresa, su socio, quien era su pareja afectiva, la abandonó y se fugó a un paraíso fiscal. Poco a poco lo fue perdiendo todo.

Se pasaba las noches en vela pensando de qué manera iba a salir de esa horrible situación. Llegaba a mi consulta, elegantemente ataviada, pálida, demacrada y una nueva torre se había caído. De cliente preferencial ante los bancos pasó al ostracismo, le cancelaron las cuentas y ahora era hostigada por ellos para cancelar los créditos pendientes, ¿cómo? No tenía con que. Y se aferraba a su última fortaleza, su mansión, “por nada del mundo voy a dejar mi casa”, yo sabía que la iba a tener que dejar, ella, en su interior, sabía que de allí tendría que salir.

Un día llegó a mi consulta arrasada, “me van a quitar la casa, el abogado de uno de mis acreedores me llamó y me dijo que me la van a confiscar. Ayer desde un doceavo piso pensé: qué fácil podría salir de todo esto”.

Andrea es la disciplina personalizada, asistía a consulta sin falta, sin sacar ninguna excusa. Poco a poco fue entendiendo como cada obstáculo era una venturosa oportunidad para crecer, madurar y remontar al siguiente nivel. Se dio el permiso para la rabia, la frustración, para llorar y reflexionar sobre cómo podría haber hecho las cosas de una manera distinta, de las decisiones equivocadas que había tomado y de cómo su infancia, la relación con su padre, su madre marcaron el desfiladero por el que había caído.

Poco a poco la vi creciendo ante mis ojos, dejó de comprar afecto, de buscar la aprobación de todo el mundo, de vivir sólo para la ostentación y se permitió caminar por el sendero de lo trascendente.

Nos vimos al cierre de fin de año, sus palabras me llenaron de contento: “hoy veo esa crisis como el momento más difícil de mi vida, pero al mismo tiempo como el más hermoso, pues ha sido el momento en que más he aprendido, me siento feliz.

Aprender a ver los obstáculos, los momentos difíciles como oportunidades que vienen con disfraz, es estar abiertos al aprendizaje. Es entender que la vida es un flujo de altas y bajas y que en los momentos más difíciles me fortalecen, me ponen a prueba y sacan a la luz la casta de la cual estoy hecho.

Reflexiona un instante acerca de tus momentos de crisis, ¿Eres ahora una mejor persona? ¿Qué te han dejado esas experiencias, cuál ha sido tu aprendizaje?

domingo, agosto 23, 2015

¿PUEDES OÍR EL ARROLLO DE LA MONTAÑA?



Un maestro zen caminaba en silencio con uno de sus discípulos por un sendero de la montaña. Cuando llegaron donde había un cedro antiguo, se sentaron para comer su merienda sencilla a base de arroz y verduras. Después de comer, el discípulo, un monje joven que no había descubierto todavía la clave del misterio del Zen, rompió el silencio para preguntar: "maestro, ¿como puedo entrar en Zen?"

Obviamente se refería a la forma de entrar en el estado de la conciencia que es el Zen.

El maestro permaneció en silencio. Pasaron casi cinco minutos durante los cuales el discípulo aguardó ansiosamente la respuesta. Estaba a punto de hacer otra pregunta cuando el maestro le preguntó repentinamente, "¿oyes el sonido de aquel arrollo en la montaña?"

El discípulo no se había percatado de ningún arroyo. Estaba demasiado ocupado pensando en el significado del Zen. Entonces prestó atención al sonido y su mente ruidosa comenzó a aquietarse. Al principio no oyó nada. Después, sus pensamientos dieron paso a un estado de alerta, hasta que escuchó el murmullo casi imperceptible de un arroyuelo en la distancia.

"Sí, ahora lo oigo", dijo.

El maestro levantó un dedo y con una mirada a la vez dura y gentil, le dijo, "Entra al Zen desde allí".

El discípulo quedó asombrado. Fue su satori, un destello de iluminación. Sabía lo que era el Zen sin saber qué era lo que sabía.

Después siguieron su camino en silencio. El discípulo no salía de su asombro al sentir la vida del mundo que lo rodeaba. Lo experimentó todo como si fuera la primera vez. Sin embargo, poco a poco comenzó a pensar nuevamente. El ruido de su mente sofocó nuevamente la quietud de su conciencia y no tardó en formular otra pregunta: "maestro", dijo, "he estado pensando. ¿Qué hubiera dicho usted si yo no hubiera logrado oír la quebrada en la montaña?" El maestro se detuvo, lo miró, levantó el dedo y dijo, "Entra al Zen desde allí".

domingo, octubre 06, 2013

CORCHO PEDAGÓGICO


Un Supervisor visitó una escuela primaria.
En su recorrida observó algo que le llamó la atención: una maestra estaba atrincherada atrás de su escritorio,los alumnos hacían un gran desorden; el cuadro era caótico.
Decidió presentarse:"Permiso, soy el Supervisor... ¿Algún problema?"
"Estoy abrumada señor, no sé qué hacer con estos chicos...
No tengo láminas, no tengo libros, el ministerio no me manda material didáctico, no tengo recursos electrónicos, no tengo nada nuevo que mostrarles ni qué decirles..."
El inspector, que era un "Docente de Alma", vio un corcho en el desordenado escritorio, lo tomó y con aplomo se dirigió a los chicos:
¿Qué es esto? “Un corcho señor "....gritaron los alumnos sorprendidos.
"Bien, ¿De dónde sale el corcho?".
"De la botella señor. Lo coloca una máquina...", "del alcornoque... de un árbol"... "de la madera...",respondían animosos los niños.
"¿Y qué se puede hacer con madera?", continuaba entusiasta el docente.
"Sillas...", "una mesa...", "un barco! ". Bien, tenemos un barco.
¿Quién lo dibuja? ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca el puerto más cercano para nuestro barquito?
Escriban a qué región pertenece.
¿Y cuál es el otro puerto más cercano?
¿A qué país corresponde? ¿Qué poeta conocen que allí nació? ¿Qué produce esta región?
¿Alguien recuerda una canción de este lugar? Y comenzó una tarea de geografía, de historia, de música, economía, literatura, religión, etc.

La maestra quedó impresionada. Al terminar la clase le dijo conmovida:

"Señor, nunca olvidaré lo que me enseñó hoy. Muchas Gracias."

Pasó el tiempo. El inspector volvió a la escuela y buscó a la maestra. Estaba acurrucada atrás de su escritorio, los alumnos otra vez en total desorden...

"Señorita... ¿Qué pasó? ¿No se acuerda de mí? Sí señor

¡Cómo olvidarme!

Qué suerte que regresó. No encuentro el corcho.
¿Dónde lo dejó?".


Enrique Mariscal