
No recuerdo el día en el que, siendo muy niña, decidí envolver mi corazón con una venda anti-Sentires, para que no viera todo el dolor y sufrimiento que flotaba a mi alrededor y que era incapaz de digerir. Me fue bien para sobrevivir durante unos años, hasta olvidar que la llevaba puesta, hasta olvidar quitármela, hasta olvidar quién era. Y, sin darme cuenta, empecé, muy lentamente, a morir.
Me acostumbré a no tenerme, a no saberme, a no jugarme, a no contarme, a no abrazarme, a no besarme, a no rozarme, a no sentirme, a no amarme, a no Ser-me. Me acostumbré a caminar a oscuras por la tempestad creyéndome invencible, invulnerable, imbatible, cuando lo único en lo que me había convertido era en una auténtica intocable, impenetrable e insensible máquina humana.